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Brasil: Foro Social
Mundial de Porto Alegre
Este mundo de la injusticia globalizada*
José Saramago
Distribuido por El País. España, 6 de febrero.
Comenzaré por
contar en brevísimas palabras un hecho notable de la vida rural
ocurrido en una aldea de los alrededores de Florencia hace más
de cuatrocientos años. Me permito solicitar toda su atención
para este importante acontecimiento histórico porque, al contrario
de lo habitual, la moraleja que se puede extraer del episodio no tendrá
que esperar al final del relato; no tardará nada en saltar a la
vista.
Estaban los habitantes en sus casas o trabajando los cultivos, entregado
cada uno a sus quehaceres y cuidados, cuando de súbito se oyó
sonar la campana de la iglesia. En aquellos píos tiempos (hablamos
de algo sucedido en el siglo XVI), las campanas tocaban varias veces a
lo largo del día, y por ese lado no debería haber motivo
de extrañeza, pero aquella campana tocaba melancólicamente
a muerto, y eso sí era sorprendente, puesto que no constaba que
alguien de la aldea se encontrase a punto de fenecer. Salieron por lo
tanto las mujeres a la calle, se juntaron los niños, dejaron los
hombres sus trabajos y menesteres, y en poco tiempo estaban todos congregados
en el atrio de la iglesia, a la espera de que les dijesen por quién
deberían llorar. La campana siguió sonando unos minutos
más, y finalmente calló. Instantes después se abría
la puerta y un campesino aparecía en el umbral. Pero, no siendo
éste el hombre encargado de tocar habitualmente la campana, se
comprende que los vecinos le preguntasen dónde se encontraba el
campanero y quién era el muerto. 'El campanero no está aquí,
soy yo quien ha hecho sonar la campana', fue la respuesta del campesino.
'Pero, entonces, ¿no ha muerto nadie?', replicaron los vecinos,
y el campesino respondió: 'Nadie que tuviese nombre y figura de
persona; he tocado a muerto por la Justicia, porque la Justicia está
muerta'.
¿Qué había sucedido? Sucedió que el rico señor
del lugar (algún conde o marqués sin escrúpulos)
andaba desde hacía tiempo cambiando de sitio los mojones de las
lindes de sus tierras, metiéndolos en la pequeña parcela
del campesino, que con cada avance se reducía más. El perjudicado
empezó por protestar y reclamar, después imploró
compasión, y finalmente resolvió quejarse a las autoridades
y acogerse a la protección de la justicia. Todo sin resultado;
la expoliación continuó. Entonces, desesperado, decidió
anunciar urbi et orbi (una aldea tiene el tamaño exacto del mundo
para quien siempre ha vivido en ella) la muerte de la Justicia. Tal vez
pensase que su gesto de exaltada indignación lograría conmover
y hacer sonar todas las campanas del universo, sin diferencia de razas,
credos y costumbres, que todas ellas, sin excepción, lo acompañarían
en el toque a difuntos por la muerte de la Justicia, y no callarían
hasta que fuese resucitada. Un clamor tal que volara de casa en casa,
de ciudad en ciudad, saltando por encima de las fronteras, lanzando puentes
sonoros sobre ríos y mares, por fuerza tendría que despertar
al mundo adormecido... No sé lo que sucedió después,
no sé si el brazo popular acudió a ayudar al campesino a
volver a poner los lindes en su sitio, o si los vecinos, una vez declarada
difunta la Justicia, volvieron resignados, cabizbajos y con el alma rendida,
a la triste vida de todos los días. Es bien cierto que la Historia
nunca nos lo cuenta todo...
Supongo que ésta ha sido la única vez, en cualquier parte
del mundo, en que una campana, una inerte campana de bronce, después
de tanto tocar por la muerte de seres humanos, lloró la muerte
de la Justicia. Nunca más ha vuelto a oírse aquel fúnebre
sonido de la aldea de Florencia, mas la Justicia siguió y sigue
muriendo todos los días. Ahora mismo, en este instante en que les
hablo, lejos o aquí al lado, a la puerta de nuestra casa, alguien
la está matando. Cada vez que muere, es como si al final nunca
hubiese existido para aquellos que habían confiado en ella, para
aquellos que esperaban de ella lo que todos tenemos derecho a esperar
de la Justicia: justicia, simplemente justicia. No la que se envuelve
en túnicas de teatro y nos confunde con flores de vana retórica
judicial, no la que permitió que le vendasen los ojos y maleasen
las pesas de la balanza, no la de la espada que siempre corta más
hacia un lado que hacia otro, sino una justicia pedestre, una justicia
compañera cotidiana de los hombres, una justicia para la cual lo
justo sería el sinónimo más exacto y riguroso de
lo ético, una justicia que llegase a ser tan indispensable para
la felicidad del espíritu como indispensable para la vida es el
alimento del cuerpo. Una justicia ejercida por los tribunales, sin duda,
siempre que a ellos los determinase la ley, mas también, y sobre
todo, una justicia que fuese emanación espontánea de la
propia sociedad en acción, una justicia en la que se manifestase,
como ineludible imperativo moral, el respeto por el derecho a ser que
asiste a cada ser humano.
Pero las campanas, felizmente, no doblaban sólo para llorar a los
que morían. Doblaban también para señalar las horas
del día y de la noche, para llamar a la fiesta o a la devoción
a los creyentes, y hubo un tiempo, en este caso no tan distante, en el
que su toque a rebato era el que convocaba al pueblo para acudir a las
catástrofes, a las inundaciones y a los incendios, a los desastres,
a cualquier peligro que amenazase a la comunidad. Hoy, el papel social
de las campanas se ve limitado al cumplimiento de las obligaciones rituales
y el gesto iluminado del campesino de Florencia se vería como la
obra desatinada de un loco o, peor aún, como simple caso policial.
Otras y distintas son las campanas que hoy defienden y afirman, por fin,
la posibilidad de implantar en el mundo aquella justicia compañera
de los hombres, aquella justicia que es condición para la felicidad
del espíritu y hasta, por sorprendente que pueda parecernos, condición
para el propio alimento del cuerpo. Si hubiese esa justicia, ni un solo
ser humano más moriría de hambre o de tantas dolencias incurables
para unos y no para otros. Si hubiese esa justicia, la existencia no sería,
para más de la mitad de la humanidad, la condenación terrible
que objetivamente ha sido.
Esas campanas nuevas cuya voz se extiende, cada vez más fuerte,
por todo el mundo, son los múltiples movimientos de resistencia
y acción social que pugnan por el establecimiento de una nueva
justicia distributiva y conmutativa que todos los seres humanos puedan
llegar a reconocer como intrínsecamente suya; una justicia protegida
por la libertad y el derecho, no por ninguna de sus negaciones. He dicho
que para esa justicia disponemos ya de un código de aplicación
práctica al alcance de cualquier comprensión, y que ese
código se encuentra consignado desde hace cincuenta años
en la Declaración Universal de los Derechos Humanos, aquellos treinta
derechos básicos y esenciales de los que hoy sólo se habla
vagamente, cuando no se silencian sistemáticamente, más
desprestigiados y mancillados hoy en día de lo que estuvieran,
hace cuatrocientos años, la propiedad y la libertad del campesino
de Florencia. Y también he dicho que la Declaración Universal
de los Derechos Humanos, tal y como está redactada, y sin necesidad
de alterar siquiera una coma, podría sustituir con creces, en lo
que respecta a la rectitud de principios y a la claridad de objetivos,
a los programas de todos los partidos políticos del mundo, expresamente
a los de la denominada izquierda, anquilosados en fórmulas caducas,
ajenos o impotentes para plantar cara a la brutal realidad del mundo actual,
que cierran los ojos a las ya evidentes y temibles amenazas que el futuro
prepara contra aquella dignidad racional y sensible que imaginábamos
que era la aspiración suprema de los seres humanos. Añadiré
que las mismas razones que me llevan a referirme en estos términos
a los partidos políticos en general, las aplico igualmente a los
sindicatos locales y, en consecuencia, al movimiento sindical internacional
en su conjunto.
De un modo consciente o inconsciente, el dócil y burocratizado
sindicalismo que hoy nos queda es, en gran parte, responsable del adormecimiento
social resultante del proceso de globalización económica
en marcha. No me alegra decirlo, mas no podría callarlo. Y, también,
si me autorizan a añadir algo de mi cosecha particular a las fábulas
de La Fontaine, diré entonces que, si no intervenimos a tiempo
-es decir, ya- el ratón de los derechos humanos acabará
por ser devorado implacablemente por el gato de la globalización
económica.
¿Y la democracia, ese milenario invento de unos atenienses ingenuos
para quienes significaba, en las circunstancias sociales y políticas
concretas del momento, y según la expresión consagrada,
un Gobierno del pueblo, por el pueblo y para el pueblo? Oigo muchas veces
razonar a personas sinceras, y de buena fe comprobada, y a otras que tienen
interés por simular esa apariencia de bondad, que, a pesar de ser
una evidencia irrefutable la situación de catástrofe en
que se encuentra la mayor parte del planeta, será precisamente
en el marco de un sistema democrático general como más probabilidades
tendremos de llegar a la consecución plena o al menos satisfactoria
de los derechos humanos. Nada más cierto, con la condición
de que el sistema de gobierno y de gestión de la sociedad al que
actualmente llamamos democracia fuese efectivamente democrático.
Y no lo es. Es verdad que podemos votar, es verdad que podemos, por delegación
de la partícula de soberanía que se nos reconoce como ciudadanos
con voto y normalmente a través de un partido, escoger nuestros
representantes en el Parlamento; es cierto, en fin, que de la relevancia
numérica de tales representaciones y de las combinaciones políticas
que la necesidad de una mayoría impone, siempre resultará
un Gobierno.
Todo esto es cierto, pero es igualmente cierto que la posibilidad de acción
democrática comienza y acaba ahí. El elector podrá
quitar del poder a un Gobierno que no le agrade y poner otro en su lugar,
pero su voto no ha tenido, no tiene y nunca tendrá un efecto visible
sobre la única fuerza real que gobierna el mundo, y por lo tanto
su país y su persona: me refiero, obviamente, al poder económico,
en particular a la parte del mismo, siempre en aumento, regida por las
empresas multinacionales de acuerdo con estrategias de dominio que nada
tienen que ver con aquel bien común al que, por definición,
aspira la democracia. Todos sabemos que así y todo, por una especie
de automatismo verbal y mental que no nos deja ver la cruda desnudez de
los hechos, seguimos hablando de la democracia como si se tratase de algo
vivo y actuante, cuando de ella nos queda poco más que un conjunto
de formas ritualizadas, los inocuos pasos y los gestos de una especie
de misa laica. Y no nos percatamos, como si para eso no bastase con tener
ojos, de que nuestros Gobiernos, esos que para bien o para mal elegimos
y de los que somos, por lo tanto, los primeros responsables, se van convirtiendo
cada vez más en meros comisarios políticos del poder económico,
con la misión objetiva de producir las leyes que convengan a ese
poder, para después, envueltas en los dulces de la pertinente publicidad
oficial y particular, introducirlas en el mercado social sin suscitar
demasiadas protestas, salvo las de ciertas conocidas minorías eternamente
descontentas...
¿Qué hacer? De la literatura a la ecología, de la
guerra de las galaxias al efecto invernadero, del tratamiento de los residuos
a las congestiones de tráfico, todo se discute en este mundo nuestro.
Pero el sistema democrático, como si de un dato definitivamente
adquirido se tratase, intocable por naturaleza hasta la consumación
de los siglos, ése no se discute. Mas si no estoy equivocado, si
no soy incapaz de sumar dos y dos, entonces, entre tantas otras discusiones
necesarias o indispensables, urge, antes de que se nos haga demasiado
tarde, promover un debate mundial sobre la democracia y las causas de
su decadencia, sobre la intervención de los ciudadanos en la vida
política y social, sobre las relaciones entre los Estados y el
poder económico y financiero mundial, sobre aquello que afirma
y aquello que niega la democracia, sobre el derecho a la felicidad y a
una existencia digna, sobre las miserias y esperanzas de la humanidad
o, hablando con menos retórica, de los simples seres humanos que
la componen, uno a uno y todos juntos. No hay peor engaño que el
de quien se engaña a sí mismo. Y así estamos viviendo.
No tengo más que decir. O sí, apenas una palabra para pedir
un instante de silencio. El campesino de Florencia acaba de subir una
vez más a la torre de la iglesia, la campana va a sonar. Oigámosla,
por favor.
(*) Texto leído
en la clausura del Foro Mundial Social.
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