José Carlos
García Fajardo (*)
Solidarios. España, 19 de diciembre.
Suelo decir en mis
clases que los inmigrantes son personas muy educadas que nos devuelven
las visitas que los europeos les hemos hecho durante quinientos años.
El camino ya lo conocen: les basta con rehacer el de los conquistadores,
evangelizadores y colonizadores que ocuparon y explotaron sus tierras,
los desarraigaron de sus tradiciones y los sometieron bajo el mito de
las tres Ces que invocara el rey Leopoldo II de Bélgica y que hizo
suya la Conferencia de Berlín de 1885: "civilización,
cristianización y comercio".
La inmigración es un fenómeno sociológico que ejercita
un derecho fundamental: "las cosas no son de su dueño sino
del que las necesita", como me enseñó una campesina
del Chocó (Colombia). Que necesite ser regulada no concede a nadie
patente de corso ni prepotencia ni conmiseración o abuso. Cuenta
Eduardo Galeano en Patas arriba, La escuela del mundo al revés,
que "Alicia, después de visitar el país de las maravillas,
se metió en un espejo para descubrir el mundo al revés.
Si Alicia renaciera en nuestros días, no necesitaría atravesar
ningún espejo: le bastaría con asomarse a la ventana",
o a la pantalla del televisor. Este es uno de los resultados de la perversa
gestión de la globalización que, en sí, no es buena
ni mala. Es una consecuencia del desarrollo de las tecnologías.
En el norte, lo políticamente correcto es el pensamiento único
que afirma que el mercado es el que gobierna y el Gobierno quien administra
lo que dicta el mercado. Es la apoteosis de la revolución conservadora
de los años ochenta en amalgama con un liberalismo que postula
el máximo beneficio económico, a cualquier precio. Las cifras
cantan: desde la década de los ochenta, los flujos de capital del
Sur al Norte son tres veces superiores a las cada vez más inexistentes
inversiones que, en un 80%, se hacen de los países del Norte entre
ellos mismos.
La globalización nos ofrece estas tendencias: expansión
de una sociedad de la información, mundialización de los
cambios económicos, crecimiento de las redes financieras internacionales,
aparición de nuevos países industrializados y la hegemonía
económica y militar de Estados Unidos.
Para Carlos Taibo, una de las grandes paradojas de la globalización
es que no alcanza a la movilidad de la fuerza de trabajo, circunstancias
que no deja de tener efectos paradójicos y cita a Susan George
que, en el Informe Lugano, dice "la globalización económica
desnacionaliza la economía nacional. En cambio, la inmigración
renacionaliza la política. Existe un consenso creciente para levantar
los controles fronterizos que pesan sobre el flujo de capitales, la información
y los servicios. Pero cuando se trata de inmigrantes y refugiados, tanto
en EE UU como en la UE o Japón, el Estado reclama su derecho soberano
a controlar sus fronteras".
Se viaja al extranjero por gusto, por ampliar estudios o por conocer tierras
y personas nuevas. Pero se emigra por necesidad. Hace cincuenta años,
ni los africanos ni los latinoamericanos emigraban en la proporción
actual. El que emigra tiene una sensación de ruptura y la integración
puede suponer un desarraigo. La sociedad de destino se considera una sociedad
de llegada más que una sociedad de acogida, mientras que se descubre
que el Norte es una sociedad de consumo más que del bienestar.
El retorno se convierte en un mito: no se puede regresar con las manos
vacías.
Sólo un 2,3% de la población mundial abandona su país
para establecerse en otro. Dentro de la UE únicamente un 2% de
la población laboral ha trabajado en un país distinto del
suyo, a pesar de que en el último tercio del siglo XX se ha multiplicado
por dos el número de emigrantes en el planeta. Si era de 74 millones
de personas en 1965, en la actualidad se estima en torno a los 150 millones
con las fronteras meridionales de EE UU y la UE. No se contabiliza la
emigración clandestina ni los movimientos migratorios dentro de
los estados.
La más temible de las amenazas para la especie humana es la explosión
demográfica. La Cumbre sobre Población y Desarrollo, celebrada
en El Cairo en 1994, subrayó que el aumento de la educación
de las niñas y las mujeres produce un descenso de los índices
de fertilidad y una reducción de las tasas de mortalidad y morbilidad.
Está demostrado que en todos los países industrializados
en donde la mujer tiene acceso a la educación y a los puestos de
responsabilidad que les corresponde, la curva demográfica ha descendido
hasta extremos tan peligrosos que hacen imprescindible el auxilio de los
inmigrantes para garantizar el pago de las pensiones. Al tiempo que cubren
un enorme número de empleos para los que no hay mano de obra entre
los naturales y garantizan el desarrollo social y económico.
Recordemos que en la década de los noventa, los extranjeros que
vivían en España no llegaban a representar el 3% de la población.
Sin punto de comparación con el 6,5% de Francia, el 9% de Bélgica,
el 32% de Luxemburgo, el 17,5% de Suiza, el 7,5% de Alemania o el 6,5%
de Austria. Es evidente que la psicosis de invasión de emigrantes
que esgrimen ciertos políticos es insensata y suicida pues pone
en peligro el crecimiento económico y el mismo desarrollo social.
No tiene fundamento el impacto negativo que se atribuye a los trabajadores
extranjeros sobre el paro y la productividad.
Cualquier política de inmigración fracasará si se
limita a trabajar sobre las condiciones de destino y no aborda lo que
ocurre en el origen. Los países europeos tienen que reconocer el
derecho natural a la emigración y favorecer la legislación
más generosa para convertirnos en tierra de asilo, como simple
reciprocidad en la acogida de quienes un día no lejano recibieron
a decenas de millones de europeos.
Porque los signos de los tiempos nos muestran un planeta cada vez más
globalizado, es preciso desarrollar políticas de justicia social
y de solidaridad que reconozcan que todos los pueblos están relacionados
y que la paz o es fruto de la justicia o es silencio de cementerios de
las víctimas de un crecimiento injusto y desproporcionado.