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Hermosa,
la ira de un gato ardiendo con puro fuego felino
William S. Burroughs
La Jornada. México, 14 de abril.
Introducción de César Güemes
En silencio, paso
a paso, William S. Burroughs se hizo cada vez más sólido,
más independiente y solitario, más felino. Esta metamorfosis
interna lo llevó a escribir, rebuscando entre sus propios textos
muchos de ellos estrictamente personales, una explicación al proceso.
El resultado fue el libro The cat inside, cuyo registro se remonta a 1986.
Hoy el volumen puede leerse en castellano con el título de El gato
por dentro, bajo el sello de Diana, traducido por José Férez
Kuri.
Soy el gato que camina
solo. Y para mí todos los supermercados son lo mismo. El gato no
ofrece servicios. El gato se ofrece a sí mismo. Por supuesto que
quiere cuidado y refugio. No se compra al amor por nada. Como todas las
criaturas puras, los gatos son prácticos.
El gato blanco simboliza la luna plateada metiéndose en los rincones
y limpiando el cielo para el día que viene. El gato blanco es ''el
que limpia" o ''el animal que se limpia", descrito por la frase
sánscrita Margaras, que quiere decir ''el cazador que sigue la
pista; el investigador; el sin huella". El gato blanco es el cazador
y el que mata, su ruta iluminada por la luna plateada. En total oscuridad,
lugares y seres escondidos se revelan en esa luz suave e inexorable. No
puedes sacudirte tu gato blanco porque tu gato blanco eres tú.
No te puedes ocultar de tu gato porque tu gato blanco se oculta en ti.
Una iniciación nazi para los altos rangos de la SS era arrancar
el ojo de un gato mascota después de haberlo alimentado y mimado
por un mes. Este ejercicio estaba diseñado para eliminar todo rastro
de venenosa piedad y moldear a un perfecto Übermensch (superhombre).
Involucra un postulado mágico muy sólido: el practicante
adquiere condición superhumana al realizar algún acto atroz,
asqueroso, subhumano. En Marruecos, hombres de magia obtienen poder al
comerse su propio excremento.
¿Pero sacarle los ojos a Ruski? Apilar sobornos hasta el cielo
radioactivo, ¿de qué le sirve a un hombre? Yo no podría
ocupar un cuerpo capaz de sacarle los ojos a Ruski.
¿Entonces quién se adueñó del mundo entero?
Yo no. Cualquier oferta que incluya intercambio de valores cualitativos
como el amor animal por ventaja cuantitativa no es sólo tan deshonrosa
y errónea como sólo el hombre puede, sino también
idiota. Porque tú no obtienes nada. Has vendido tu tú.
''Bueno, ¿cómo
te arrebata un cuerpo joven, hermoso y pelirrojo?". Sí, El
siempre encontrará a un mamón como Fausto, que vende su
alma por una correa. Si quieres sexo adolescente, tienes que pagarlo con
miedo, vergüenza y confusión adolescente. Para disfrutar algo
tienes que estar allí. No puedes simplemente pasarte al postre,
queridito.
Y he ahí a mis gatos, ocupados en un ritual de miles de años,
lamiéndose tranquilamente después de comer. Animales prácticos,
prefieren que otro los provea de comida... hay quienes lo hacen. Debe
haber habido una ruptura entre los gatos que aceptaron domesticación
y los que no.
No odio a los perros. Pero odio lo que el hombre ha hecho de su mejor
amigo. El gruñido de una pantera es en efecto más peligroso
que el gruñido de un perro, pero no es feo. La ira de un gato,
ardiendo con puro fuego felino, es hermosa: todo su pelo erizado y soltando
chispas azules, ojos candentes y rasgantes. Pero el gruñido de
un perro es feo, un gruñido de chusma redneck linchante, gruñido
de racistas rabiosos... Gruñido de alguien con la calcomanía
''Mata a un marica por Cristo" en su auto, gruñido cargado
de autoritarismo. Cuando ves esas fauces estás viendo algo que
no tiene cara propia. La ira del perro no es suya. Está dictada
por su entrenador. Y la ira de la chusma linchadora es dictada por condicionamiento.
El momento de mimar a un gato es cuando está comiendo. Ese no es
el momento de mimar a un perro. Está bien mimar a un gato dormido.
Se estira y ronronea en el sueño. Mejor dejar a los perros dormidos.
Recuerdo en un festival de poesía en Roma, cuando John Giorno y
yo bajamos a desayunar. Un perro estaba durmiendo en el descanso.
''Este perro es muy amiguero", dijo John, y se agachó a acariciar
a la bestia, que gruñó amenazadora mostrando sus dientes
amarillos.
Por largo tiempo no dejé entrar a Ginger en la casa, pero tuvimos
una onda fría de quince bajo cero y cuando la temperatura bajó
de veinte, acechado por el pensamiento de encontrar su cadáver
congelado en el porche, la tuve que dejar entrar. Ruski no asomaba ni
la nariz a la puerta. Su segundo embarazo fue en el invierno siguiente
y tuvo a los gatitos en la casa, en una canasta que preparé para
ella. Y por supuesto se quedó a cuidar los críos. Regalé
dos cuando los gatitos cumplieron diez semanas. Y Ginger seguía
buscándolos y llorando de cuarto en cuarto, mirando bajo la cama,
bajo el diván. Decidí que esto no lo podía hacer
otra vez. Durante siglos Ginger había estado pasando por esto.
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