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Después
de Bolivia, Ecuador:
Los indios y el Poder Estatal
Raúl Zibechi
Brecha. Uruguay, Octubre del 2002.
La potencia del movimiento
indígena ecuatoriano, quizá el movimiento social más
sólido del continente, está en la base del éxito
electoral del coronel Lucio Gutiérrez.
La votación
obtenida por la candidatura de Lucio Gutiérrez en Ecuador muestra
que no se trata de un espejismo: un amplio y pujante movimiento social
atraviesa todo el continente. Tras la excelente votación obtenida
por el Movimiento Al Socialismo en Bolivia, que postulaba al dirigente
cocalero Evo Morales a la presidencia, los resultados de Brasil y Ecuador
confirman la tendencia.
En los tres casos se está ante candidaturas que, de alguna manera,
expresan la irrupción de nuevos actores sociales que no tienen
cabida en las estructuras tradicionales de la izquierda política,
y que ni siquiera pueden ser contenidas por los aparatos sindicales. Aunque
los tres presentan diferencias notables, siendo el de Brasil el que obedece
a un patrón más tradicional, pueden rastrearse también
similitudes importantes.
Tanto en Ecuador como en Bolivia existen poderosos movimientos de base
que han puesto en jaque a las elites dominantes y a los poderes e instituciones
que las apuntalan. Los cocaleros y campesinos bolivianos realizaron grandes
movilizaciones en los últimos años, consiguiendo éxitos
importantes como el registrado por las rebeliones de Cochabamba en abril
y octubre de 2001, que obligaron al Estado a negociar las demandas de
los insurrectos.
El movimiento social boliviano, derrotado en la década de 1980
a raíz de la dura política de ajuste, que redundó
en cierres masivos de minas donde se asentaba la fuerza del movimiento
obrero, fue capaz de reestructurarse en los noventa sobre otras bases
sociales y organizativas. El debilitamiento de la pequeña clase
obrera boliviana fue revertido gracias a la irrupción de un potente
movimiento campesino-indígena y, más adelante, de nuevos
sectores urbanos afectados por el modelo, sobre todo sectores vinculados
a la informalidad, mujeres y pobladores. A diferencia del período
anterior, las organizaciones que desarrollaron algunas de las batallas
más importantes fueron encabezadas por coordinadoras o por una
dirigencia indígena renovada. En ambos casos, se trata de estructuras
mucho más "blandas" que las rígidas burocracias
sindicales de antaño, que caracterizaron medio siglo de historia
social boliviana, desde la revolución de 1952.
DE LA TIERRA
A LA NACIONALIDAD
La década de 1990 se abrió en Ecuador con el levantamiento
indio del Inti Raymi, denominado así porque coincidió con
la Fiesta del Sol andina. Durante una semana las comunidades de la sierra
cortaron rutas, cercaron ciudades, cerraron mercados e irrumpieron en
la capital, Quito. Luis Macas, dirigente en ese entonces de la Confederación
de Nacionalidades Indígenas de Ecuador (Conaie), creada en 1986,
señaló que fue la primera vez que los indios se hicieron
visibles para los poderes dominantes.
En efecto, las elites criollas crearon un Estado-nación que marginaba
a las mayorías indias, la mitad de la población del país.
Pueblos que, literalmente, no tenían derechos. Entre ellos, se
les negaban dos fundamentales: el acceso a sus tierras ancestrales y la
educación en su propia lengua. En una palabra, no existían
como pueblos. Hacia mediados de la década de 1980 frucitifica un
largo proceso de unidad de las etnias de la selva, la sierra y la costa,
con la formación de la Conaie. Para ese entonces, las comunidades
habían recuperado, en una lucha sorda pero intensa, buena parte
de sus tierras y habían reconstruido los llamados "territorios
étnicos", aquellas amplias regiones en las que son mayoría
y que coinciden con las que ocupaban antes de la conquista. Al haber recuperado
buena parte de sus tierras, los indios estuvieron en condiciones de dar
un paso más: formularon un proyecto de Estado plurinacional, siendo
ésta su principal reivindicación.
Durante la década pasada el movimiento indígena ecuatoriano
protagonizó las luchas más importantes del continente. Varios
levantamientos pusieron al movimiento social en el centro de la escena
política, en una permanente ofensiva que desembocó en el
derribamiento de dos presidentes como consecuencia de la movilización
social pacífica (Abdalá Bucaram en 1997 y Jamil Mahuad en
2000). Además, las comunidades crearon un instrumento político,
el Movimiento Pachakutik, que desde 1996 controla numerosas alcaldías
del país y cuenta con varios diputados y senadores.
Pero las negociaciones con las instituciones resultaron una y otra vez
frustradas ante la intransigencia de las elites. Entre 1996 y 1998 los
acuerdos firmados con los sucesivos gobiernos, desde el reconocimiento
de las nacionalidades indias y la consideración de Ecuador como
un país multiétnico y plurinacional hasta la incorporación
a la Constitución de los "derechos colectivos", mostraron
ser papel mojado. Cada acuerdo era ignorado por los poderes, siendo sus
conquistas tan invisibles como lo eran los propios indios antes del levantamiento
de 1990.
Las frustraciones llevaron directamente al alzamiento de enero de 2000,
en alianza con mandos medios de las fuerzas armadas. Por primera vez,
en el mundo indio se hablaba de la toma del poder. Fue un remezón
que aún genera debates. ¿Deben los movimientos indios luchar
por espacios de poder o por el poder mismo? Aún no hay acuerdo,
aunque las bases tienden a retomar las viejas consignas de seguir construyendo
su mundo paralelo al de los de arriba. Ahora, ante el probable triunfo
de Gutiérrez, debido sin duda al voto de las nacionalidades indígenas,
el debate de fondo sobre qué hacer ante esa instancia, ajena y
extraña, que lleva un nombre que ni siquiera existe en lenguas
originales, el Estado, volverá a estar a la orden del día.
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