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Indígenas
y Educación. La Punta de un Iceberg
Cecilia Montero
Profesora de Español / Lengua Extranjera, en Francia
A la memoria de María
Eugenia Cassinelli y Coco Ruffa
El indígena
recupera y da su voz (no fácilmente). Está siendo visto
y escuchado, en este lento, doloroso proceso; es dirigente, maestro, ejerce
sus creencias, comparte sus ciencias, usa su lengua para comunicarse...
Se limita el paternalismo, gracias a su autoestima y luchas; se implanta
un tú a tú... Se atisban cambios. Se desvanece un mundo
que no se había "descubierto" sino "cubierto"
de imágenes que lo indiferenciaron, distorsionaron y casi ahogaron.
El espanto y la fuerza de la vida quitaron la venda de los ojos, cuyo
tramado son las creencias que se tejen con los hilos de la dominación,
el miedo descontrolado que procede de las diferencias y la ignorancia.
Su caída despertó la necesidad y el deseo de conocer al
otro tal y como es, lo que deja ver el resurgir y crecimiento, paulatinos,
de un extenso universo cultural diverso e inagotable, junto al cual la
materia viva de sus lenguas sale a la luz.
Alrededor
del aula
En América Latina (en otros continentes también), la educación
oficial sólo ofrecía y, en muchos estados todavía
continúa ofreciendo, un modelo de enseñanza negador de la
diversidad cultural y lingüística de sus poblaciones. Al principio
con la conquista, seguidamente la colonia, y finalmente los grupos descendientes
que se establecieron en los gobiernos nacionales, con una política
de dominación y asimilación del indígena.
En este territorio, el castellano desde el descubrimiento y la conquista
ocupa casi todas las áreas de la vida diaria hasta el presente.
Por el contacto con las lenguas amerindias precedentes a él, se
enriquece y se acrecienta con sus términos, expresiones, formas
de pronunciación, entre otros; sin embargo, el estatus en la relación
con éstas y de éstas es desigual. Las lenguas autóctonas
poseen un espacio tan limitado y desvalorizado que resulta su deterioro
o desaparición, un manejo lingüístico rudimentario
del mismo castellano, por ser aprendido a la fuerza, así como la
pérdida de la lengua materna de los indígenas debido a su
desatención en la educación, la desvalorización social
y la amenaza de identificación como tales. Por lo tanto, se conduce
a la marginación del indígena en su relación intercultural
y la pérdida de su lengua (entre otros patrimonios).
Se argumenta el valor de una lengua con respecto a la otra, sirviéndose
de criterios provenientes de otros intereses. También, se crea
una falsa idea de incompatibilidad en el dominio de las competencias lingüísticas
para dos o más lenguas a la vez, en lugar de facilitar y no entorpecer
la factible adición del conocimiento de las lenguas que conviven.
Lamentablemente, el uso extendido de las lenguas autóctonas es
reducido a lo familiar y, salvo excepciones, no cuenta todavía
con los canales apropiados para su uso corriente.
Los primeros reconocimientos de las lenguas autóctonas se encuentran
a cargo de amplios sectores religiosos, cuya finalidad fundamental era
y es la evangelización. Éstos forman un variado y extenso
conjunto de estudios lingüísticos de los idiomas indígenas
y de su contacto con el castellano, para su análisis y didáctica.
Sin embargo, en su mayoría, este reconocimiento se encamina hacia
la transmisión de otras creencias distintas a las del indígena
y la transición a la lengua castellana.
Otras formas en que permanecen, mantienen y se rescatan estas culturas
y sus lenguas están en que cada pueblo autóctono posee una
pedagogía desde su cosmovisión, por la lejanía geográfica
de la "civilización" y, en muchos casos, por un fuerte
deseo de conservación. Gracias a esto, en el presente continúan
cientos de idiomas con vida (de los más de mil que había)
con sus propios quehaceres educativos, para la formación de las
nuevas generaciones, de lo cual se conforma un cuerpo de referencias metodológicas
y de contenido para la pedagogía en general y que la educación
intercultural y bilingüe recoge como uno de sus pilares.
No obstante este multilingüismo cantante y sonante de América
Latina, se transmite una imagen monolingüe para ella y el mundo,
que oculta y desvirtúa su pluralidad lingüística y
cultural. En este sentido se contribuye a desfavorecer el reconocimiento
y actuación de sus cientos de lenguas autóctonas, habladas
por millones de personas, y muchos de sus hablantes acaban por subestimarlas
y finalmente abandonarlas.
"No hay peor ciego que el que no quiere ver, ni peor sordo que el
que no quiere oír". El análisis del "no querer"
revela y señala (como siempre) las causas que conducen a semejante
distorsión. Entre ellas: la acuciante pobreza en que se encuentra
sumida la mayoría de la población indígena del continente.
En cuanto a las cifras estimativas del número de la población
indígena y hablante de su lengua, son controvertidas e imprecisas,
a raíz de las políticas de ocultamiento, despreocupación
y persecución. Además, obviamente, debido a quienes definen
criterios para su realización. Se encuentran estadísticas
llevadas a cabo por organizaciones oficiales y no oficiales, que se diferencian
entre sí abismalmente, debido a que unos aplican criterios de autopercepción,
otros de territorio y fundamentalmente, criterios que incluyen o excluyen
la voz indígena de autodenominación; debido asimismo al
contexto de dónde y cómo son las entrevistas. Por ejemplo,
se preguntó en distintos casos: "¿Es usted indígena?".
¿Qué se respondería en medios de una alarmante violencia
desatada hacia este sector de la población?
Según las cifras de los censos nacionales de cada país,
la población indígena de América Latina sobrepasa
los 40 millones , siendo su distribución desigual. En Ecuador,
Bolivia, Perú y Guatemala, más de la mitad de su población
total es indígena, mientras que en otros es considerablemente menor,
sin que por ello dejen de representar comunidades numerosas.
La tarea y el debate para los criterios y obtención estimativa
de estas cifras están en marcha, a través de sus propias
organizaciones, en grupos de trabajo internacionales, separada o conjuntamente
con los gobiernos, a partir de lo cual, en los años venideros,
se obtendrán estimaciones diferentes de las actuales.
Esta carencia estadística muestra un aspecto más, entre
otros, del largo abandono y desatención hacia el indígena
con respecto a su educación, cultura y lengua, así como
de la inmensa aculturación consignada. Mucha agua pasó bajo
el puente, mientras las luchas de las comunidades indígenas por
sus reinvindicaciones vienen golpeando las puertas de los ministerios
de educación y otras autoridades latinoamericanas, a veces con
respuesta y otras como si no hubiera nadie del otro lado.
Los indígenas vienen reclamando una educación oficial que
les respete a ellos y a sus hijos, que atienda sus anhelos, su identidad
cultural, sus lenguas, sus creencias, sus necesidades e intereses locales,
etc. A estas luchas se suman, los estudios y tareas de lingüistas,
antropólogos, maestros, pedagogos y profesionales de distintos
campos, que apoyan, sustentan y demuestran con sus trabajos la imperiosa
necesidad y sentido de darles otra respuesta, diferente a la que se les
venía y viene dando en varios países todavía.
Los altos porcentajes de fracaso, deserción escolar, repetición,
problemas de aprendizaje, absentismo, etc., finalmente no pudieron ni
pueden seguir siendo ocultados o maquillados por otras razones. Se frena
e interrumpe el proceso que desarrolla la lengua materna del alumno indígena,
al enseñarle a leer y a escribir en una lengua que muchas veces
ni habla (y a eso se le llama alfabetización). De modo que descuida
su propia lengua y adquiere una segunda a trompicones, de lo que resulta
la pérdida de la primera y un rudimentario manejo de la segunda.
La mayoría de los programas escolares y métodos de enseñanza
(salvo unos pocos de recientes reformas) no asumen que el castellano es
la segunda lengua de los educandos y que, para la adquisición de
la lectoescritura, es precisa una competencia oral sólida previa
de esa lengua, y que ella es la resultante de experiencias vividas. De
modo que de la noche a la mañana no puede (y cabe plantearse si
lo quiere) transferir ese dominio a otra lengua, además tan distante
y lejana de su cultura. Asimismo, el hecho de que el alumno no aprenda
con su lengua materna desde el inicio escolar, repercute después
en que pueda transferir las competencias lingüísticas adquiridas
a una segunda o tercera lengua, o las que sean que él desee. La
continuidad de esta política no hace más que acrecentar
los índices de repetición, fracaso y otras dificultades
escolares entre los niños y niñas indígenas. En consecuencia,
los indicadores eran y son tan obvios que hubo y hay que tomar cartas
en el asunto.
¿Ha tenido el lector la oportunidad de oír quechua, o aimara,
o quiché, o kuna, o mapundungun, o shuar, o wichi, u otras lenguas
indígenas? ¿Cómo se las imagina? Si las escuchara,
¿cómo le sonarían, cuáles serían sus
reacciones frente a ellas? Por unos instantes podría recordar su
infancia escolar... Imagine que es hablante de una lengua indígena
y va a empezar la escuela en castellano como primera lengua. ¿Cuál
sería el impacto sobre usted? ¿Cómo se comunicaría
tanto en una y otra lengua al cabo de un tiempo?
Distintos estados, de acuerdo a su historia educativa, política,
lingüística y grado de participación de las organizaciones
indígenas, van respondiendo de diferente manera ante esta situación
tan antigua como actual. También en el plano internacional se debate
el tratamiento de convenios y declaraciones de derechos que promulguen
y amparen el respeto hacia las poblaciones indígenas del mundo
entero, de su cultura, lengua, educación, tierras y otros patrimonios.
Esto se ve intensificado a partir de la declaración del Decenio
de los Pueblos Indígenas en 1993, por la ONU. También se
refleja en el Grupo de Trabajo de Poblaciones Indígenas, julio
98, al tener lugar especial, en su agenda, el tratamiento y el debate
del punto "Educación e idiomas", entre las delegaciones
indígenas y los gobiernos de los cinco continentes.
Por ejemplo, Bolivia, en su Reforma Educativa de 1994, establece dos modalidades:
monolingüe en lengua castellana, con aprendizaje de alguna lengua
nacional originaria; y bilingüe, en lengua nacional originaria como
primera lengua y el castellano como segunda. En Perú se realizan
proyectos de educación intercultural y bilingüe para la Sierra
y la Amazonia. Ecuador cuenta con una Dirección Nacional para este
tema, que centraliza la formación y supervisión de profesores,
Colombia desarrolla planes de etnoeducación. Argentina, recientemente,
en su Constitución, incluye una educación intercultural
y bilingüe. En Nicaragua, se lleva a cabo esta modalidad en la costa
atlántica. La mayoría de los países van adoptando
la educación intercultural y bilingüe, en mayor o en menor
grado, incluso más genuinamente o no de acuerdo a sus postulados.
Es de destacar el papel de las organizaciones indígenas, ONGs,
sindicatos, etc., para la concreción de dichos planes y sus criterios
en la aplicación, por lo que se ha formado una visible cadena entre
lo oficial y lo no oficial, de grandes dimensiones. Asimismo, en relación
a los vaivenes políticos, se ejecutan políticas educativas
y lingüísticas favorables, o no tanto, para el indígena
y para el conjunto de la población de cada país latinoamericano.
En estos países, en unos más en otros menos, la lectoescritura
en las comunidades de alta composición indígena es impartida
en su lengua materna, y el castellano como segunda para la relación
intercultural.
Con respecto a los medios de comunicación masiva, la radio en lengua
indígena es lo más extendido, no así la televisión
ni la prensa escrita. Por iniciativa de algunas autoridades se conservan
o se vuelven a nombrar las calles, plazas y lugares institucionales en
la lengua indígena local.
Algunas universidades oficiales y privadas de estos países y extranjeras
dictan cursos de lingüística e idiomas indígenas, organizan
maestrías de educación intercultural y bilingüe, destinados
a maestros y otros profesionales. Se publican estudios con rigor informativo
y científico sobre las lenguas autóctonas en sí y
su contacto con el español. Se crean neologismos y se editan diccionarios
monolingües y bilingües específicos. Se llevan a cabo
simposios y congresos nacionales e internacionales sobre estos temas.
En el seno de los aparatos legislativos de cada país, se discuten
a menudo medidas institucionales que amparen y normalicen el corriente
funcionamiento de las lenguas autóctonas como las disposiciones
administrativas y legales para la aplicación de modalidades de
educación intercultural y bilingüe.
Esta tarea es fruto del trabajo de años y esfuerzo que llevan las
organizaciones indígenas que representan a sus poblaciones y ellas
mismas. Lo hacen de forma independiente o vinculada con instituciones
oficiales u ONGs locales o extranjeras, sindicatos, a lo que hay que añadir
la aportaciónb de estudiosos provenientes de las áreas de
conocimiento más diversas.
Como se aprecia, el aire que se percibe es diferente al de unas décadas
atrás. El marco para un cambio, actualmente, es favorable a una
educación más abierta y respetuosa de las diferencias. Es
bastante propicio. Sin embargo se comprueba que lo que ocurre en las aulas
todavía es lento y escaso. Aún se carga una pesada historia
educativa, inestabilidades político-económicas y un serio
arraigo racista frente al indígena, que hace las veces de freno
a la incorporación e implementación de modalidades educativas
que respeten la diversidad lingüística y cultural. Existe
un largo trecho por recorrer entre lo dicho y lo hecho, para observar
cambios sustanciales de manera generalizada y extendida en los medios
escolares rurales y urbanos. Falta también una profunda reflexión
y transparencia sobre lo que se entiende por educación intercultural
y bilingüe entre sus protagonistas, educadores, autoridades, alumnos
y estudiosos, y lo que se hace a lo largo de su aplicación, para
que vaya aportando y modificando su trayectoria, en función, entre
otros aspectos, de la no incidencia cultural que muchas veces se lleva
a cabo en su nombre.
Hacia el aula
Es poco frecuente encontrar docentes indígenas y no indígenas
que cuenten con los recursos didácticos y conocimientos para atender
las necesidades que les demandan sus aulas. Repetitiva y cansinamente
el profesorado es chivo expiatorio de las críticas de cualquier
sector. Queda arrinconado entre la poca seguridad que le ofrece lo que
apenas ha aprendido y la inercia que le genera un cambio lleno de acusaciones
hacia lo que él hace.
Para convertirse en mago precisa una suerte de apoyos didácticos
que provengan de su reflexión con otros y del respeto de quienes
lo forman. Las palabras mágicas de su transformación las
encontrará en el estudio graduado de los contenidos etnolingüísticos
y metodológicos. Los cuales, para que su interiorización
sea factible, precisan debatirse interiormente con lo que posee y le falta
desde sí mismo, en un marco que se lo propicie. Difícilmente
se los puede apropiar en un abrir y cerrar de ojos, abrumados con cursillos
llenos de contenidos y tironeados por un presupuesto reducido e irrisorio.
Brilla por su ausencia en la carrera docente común el estudio de
las matemáticas, la lengua, la psicología, la cosmovisión
indígenas, como puntos programados y sistematizados. Ni siquiera
se ofrecen datos descriptivos de la variedad poblacional y lingüística
de cada país. Apenas en historia y geografía se mencionan,
en su mayor parte refiriéndose al pasado o con algunas descripciones
que tampoco transmiten el conjunto de sus características reales.
El docente indígena, o no, de una comunidad muchas veces apenas
ha sido formado como tal, maneja la lectoescritura y conocimientos matemáticos
básicamente y escasos recursos didácticos. En consecuencia,
reproduce lo que aprendió al adquirirlos y, por la falta de formación
y apoyo en su tarea, ignora muchos de los medios que le simplificarían
y harían efectiva su labor educativa. El urbano desconoce casi
por completo la cultura autóctona, acarrea prejuicios contra ella
y la subestima. Esto, a pesar de que, en la mayoría de casos, el
inicio de su carrera es enseñar en las comunidades rurales, donde
la composición de la población es indígena casi en
su totalidad. En los medios urbanos también resultan desatendidas
las necesidades de los alumnos, sin que se tenga en cuenta que, por muchas
causas, concurren altos porcentajes de indígenas a las aulas citadinas.
El primero cuenta con la ventaja de pertenecer a su comunidad, y el segundo
cuenta con algunos recursos didácticos más, pero impone
un modelo cultural ajeno a ella. Para compensar y cambiar los perfiles
de ambos docentes en favor de logros positivos del aprendizaje y adecuados
a la comunidad, se llevan acabo actividades de apoyo a los maestros de
lo mas variadas en su extensión e intención, organizadas
por las autoridades oficiales u organizaciones independientes, sindicatos,
ONGs., etc.
Estos cursillos de apoyo y formación docente abordan aspectos de
la didáctica de las primeras y segundas lenguas, de las matemáticas,
el tratamiento de los conceptos de interculturalidad, bilingüismo,
multilingüismo, cosmovisión indígena, política
lingüística, contenido de las lenguas indígenas y otros
relativos al tema. Se desarrollan durante el horario escolar o fuera de
él, y a ellos concurren docentes indígenas y no indígenas,
masivamente o no, según el tipo de convocatoria entre otras cosas.
A pesar de ser una medida en pro de un cambio educativo, no acaba de materializar
sus finalidades en lo cotidiano. Son pocos los docentes que llevan a la
práctica lo visto en los talleres. Por lo general, expresan que
son teorías muy avanzadas, que les falta material apropiado y tiempo
para lograr ese tipo de enseñanza. Se observa una ausencia de lo
visto en los talleres en las aulas comunes. Otros directamente lo toman
como algo más, se sienten presionados, empujados a hacerlo y siguen
como si no hubieran asistido a ellos. ¿Qué estará
pasando?
Respuestas hay cientos. Carencias económicas, inestabilidades políticas,
prejuicios largamente arraigados contra el indígena, miedos y resistencias
al cambio, desconocimiento de la propia realidad, el poco tiempo transcurrido
frente a las modalidades que transformen la situación que produce
tanto el debate para los maestros como para los mismos formadores que
también necesitan permanentemente revisar su tarea. Son tantas
que este artículo no bastaría para responderlas. Tampoco
se pueden ofrecer de un plumazo soluciones que reviertan total y completamente
la situación externa y propia del docente, en función del
logro de un perfil de docente más creativo, flexible y preparado
para una actuación pedagógica con una perspectiva intercultural
y bilingüe.
Actuando desde lo posible e identificando los obstáculos remediables,
el acento en estos cursillos habría que empezar a colocarlo en
aspectos aparentemente invisibles, que son los que terminan alimentando
la inercia y la petrificación de un modo de trabajo, por más
insuficiente o desfavorable que resulte. Y que, de este modo, prolongan,
dentro y fuera de ellos, una actuación didáctica perteneciente
a la cultura dominante.
Estos talleres aportan una enormidad de conocimientos, y son el paso y
el marco tan necesario como fundamental, pero, ¿no reproducen de
algún modo el esquema de funcionamiento que se critica, al descuidar
el tratamiento de elementos claves para la adquisición de una didáctica
que traduzca a la realidad los criterios de una educación intercultural
y bilingüe? ¿Hasta qué punto no perpetúan una
forma de actuación pedagógica, aunque entre en contradicción
con lo que se predica?
Los formadores en la animación de estos talleres dan por sentada
una aceptación casi plena de lo que tratan, por el mero hecho de
la asistencia de los maestros, o porque lo que ofrecen esta muy bien argumentado,
o, porque en otro lugar resulta efectivísimo , etc. "¡Pero
si pensábamos que esto era lo mejor de lo mejor! ... Siempre las
buenas intenciones por delante de quien las va a recibir.
El docente tiene hábitos de comprensión y actuación
pedagógica iniciales. Hay procedimientos que le resultan y otros
que no. Cuenta con un acervo cultural y muchísimas demandas de
su tarea cotidiana para responder cuando retorne al contacto con la clase.
¿Cómo puede familiarizarse con otros enfoques y por qué?
¿Es con él con quien se construyen?
¿Cuál es su papel en este proceso?
El formador toma en cuenta las necesidades de esos maestros, pero pasa
por alto el puente hacia lo que el docente puede y quiere recibir. Se
trabaja frecuentemente en grupos de reflexión conjunta; sin embargo,
hay un paso que se viene descuidando, bordeando en algunos casos, y no
es que sea la palabra mágica, pero puede convertirse en la llave
para abrir la puerta a las operaciones que el docente precisa para la
construcción y apropiación de un conocimiento basado en
el consenso. Es lo que a continuación se trata en este apartado
y En el aula.
Al contrastar experiencias, ideas, opiniones, lo invisible empieza a dibujarse
y cobrar forma, porque resalta lo diferente y coincidente. Sin embargo,
al cuadro para llegar a ser una obra le falta por materializarse la exploración,
exposición y ejercitación detalladas y reflexionadas de
esas diferencias y coincidencias al ser escuchabas por el docente y sus
formadores, con lo que le darán la pintura con sus texturas y matices,
destacando las figuras del cuadro especialmente e intencionalmente con
las actitudes y operaciones que se realizan al escuchar.
Las actitudes y habilidades lingüísticas frente a una y otra
lengua, así como su didáctica, son dadas por los formadores
y acumuladas por los docentes, paradójicamente, con textos y discursos
que contienen muchas críticas a este proceder, sin tratar in situ
qué pasa cuando se escucha algo diferente o coincidente y el mismo
proceso de escuchar como actividad imprescindible en el acto comunicativo,
desde la misma situación del docente en el taller o fuera de él.
Con lo que se producen debates sin final, resistencias de toda índole,
pérdida de opiniones valiosísimas y tiempo para su apropiación.
Los talleres, enfocando la habilidad auditiva y actitud receptiva cultural
y personal de los que asisten a ellos, específicamente e intencionadamente,
están abriendo el espacio a muchos aspectos culturales y metodológicos.
Entran en juego sin caer en otra transmisión más de contenidos.
Así dan en la misma práctica, dentro de ese marco, los apoyos
didácticos básicos para cualquier actividad pedagógica.
¿De qué manera el taller le ofrece al docente el espacio
y el tiempo para que indague y reconozca sus propias actitudes y capacidades
receptivas en y fuera de ese contexto? ¿Es personal, grupal, con
textos informativos, etc.? ¿El docente habla de sí mismo?
¿Cómo? ¿Qué le despierta o frena el interés
de escuchar algo en general o para las clases en particular? ¿Cómo
expone y escucha temas e ideas a sus alumnos, durante la clase o fuera
de ella? ¿Qué lengua y lenguaje utiliza, cómo lo
organiza? ¿Qué actitud personal o cultural adopta cuando
pregunta o responde? ¿Y cuando sólo tiene que escuchar?
¿Cuáles son las enseñanzas recibidas para el acto
comunicativo, que traten el hablar y escuchar desde su comunidad más
próxima, reflejadas en refranes, lemas, reacciones, creencias,
ideas, etc.? ¿En qué encuentra aciertos, dificultades, ventajas
y desventajas, al hablar o permanecer en silencio en la clase o en otros
ámbitos? Cómo le suena cuando le hablan en otra lengua que
no es la suya? ¿Se calla, responde, intenta entender, qué
hace? ¿Por qué? ¿Analiza el docente con sus colegas
y formadores estas y otras cuestiones que se desprenden de ellas de manera
detallada, organizada y didáctica, desde sus propias maneras de
escuchar con sus tareas implícitas y receptividad en general?
La adquisición del contenido a que apuntan estas las preguntas
es realizada por efecto colateral (escasamente), por un tratamiento de
ellas poco focalizado, pormenorizado e intencionado. Al no tratarse específicamente,
deja abierto el eslabón de la cadena de elementos que el docente
puede intercambiar en el taller.
En el aula
Escuchando
Se parte de la idea que todo el mundo escucha por igual. El que forma,
al docente. Éste, a sus alumnos. Y en la clase de lengua, existe
una obsesiva preocupación por leer, escribir, hablar un poco. Y
se pasa por alto, o apenas concientemente se le otorga el necesario detenimiento
al ejercicio de escuchar. ¿Llamativo, no?
En principio el que escucha comienza por aproximarse al otro, abre la
puerta al entendimiento, a la tolerancia, a establecer un diálogo
real, a respetar y ser respetado, a lo diferente que sorprende y enriquece,
a renunciar a lo que se considera verdad monolítica. Escuchar lleva
a la flexibilidad de opiniones, a que lo que se dialoga sea un producto
de dos y no la reproducción de un discurso de uno sobre el otro.
Todo esto suena muy bien, hasta que se tropieza con las intenciones de
cada uno, que son reconciliables, negociables y modificables gracias al
mismo diálogo.
El docente apenas escucha a sus alumnos. Es a él o ella a quien
se le escucha. Desconoce su propia manera de atender y sus reacciones,
porque está preparado a identificar casi los mismos mensajes que
da como correctos. Los alumnos tampoco hablan, dado que saben que lo que
digan tampoco será atendido, si no es una reproducción textual
de lo que el docente espera de ellos. Con lo cual, el diálogo que
posibilita la construcción de un conocimiento queda interrumpido.
Este funcionamiento se ve mucho más pronunciado en las aulas con
alumnos de distintas lenguas, en las que sólo se imparte la enseñanza
de la dominante. En las demás, la actitud pedagógica tampoco
asume las diferencias dentro de la misma lengua. Ambos procederes van
unidos de la mano al enfocar enseñanza-aprendizaje como una transmisión
e imposición de saberes, en lugar de concebirla como proceso de
construcción de significados consensuados.
El peso de la realidad se hace sentir al constatar falta de participación,
desmotivación, ausencia de aprendizaje. Y los comentarios llueven
a cántaros sobre el barullo ensordecedor de las clases y quejas:
"No me escuchan, están volando cuando se explica", "no
prestan atención", "hablan entre ellos todo el tiempo",
"repiten como loros", "ese niño se queda mudo cuando
le pregunto", "se les dice que hagan una cosa y hacen otra",
"hay que alzar la voz continuamente", etc. Se espera de ellos
lo que no se hace con ellos.
Esta actitud, sumada al abandono del tratamiento de la comprensión
auditiva como habilidad específica, que por otra parte no es más
que una consecuencia de lo anterior, dificulta cualquier aprendizaje y
mucho más en medios bilingües o plurilingües, donde se
convierte en una necesidad prioritaria deshacer este diálogo de
sordos.
Cada cultura posee modos de escuchar o de intervenir. Unos pausados y
otros rápidos, unos gritones y otros silenciosos, unos ceremoniosos
y otros sencillos, unos retóricos y otros escuetos, unos que interrumpen
a cada rato y otros que no vuela una mosca cuando escuchan, unos que gesticulan
y hacen muecas demostrativas de su atención o desatención
y otros que apenas pestañean. El estudio de los significados de
estos gestos y formas, del ruido, barullo, silencio, mutismo, griterío,
su intercalado, presencia, entre otros, enseñan el sentido que
se les atribuye culturalmente.
Esto facilita la comprensión de los diferentes comportamientos
lingüísticos y demuestra que no son realizados por azar. Cada
modalidad tiene, en su estilo y dentro de ella misma, sus maneras para
comunicarse, con y sin palabras, al mismo tiempo que forman el mensaje.
Al atender estas características y diferencias dentro del aula,
se comienza por almacenar la suficiente información cultural y
personal de los alumnos, lo que permite visualizar los aspectos en los
cuales puede apoyarse la enseñanza para un aprendizaje eficaz vinculado
a su realidad.
Las lenguas indígenas en su mayoría son de transmisión
oral. El ejercicio de escuchar y hablar es de capital importancia para
su supervivencia a través de los tiempos. El contar una historia
no es sólo un acto individual. El grupo va interviniendo en la
construcción de la misma. El acto de la repetición, variación,
juegos de palabras, y otros incluyen siempre a otro. El texto es la mezcla
de palabras y sentires de varios, es el resultado de una construcción,
evidenciando en ese actuar la realidad de la producción de cualquier
texto.
Esta práctica fecunda de la creación textual abunda en el
medio indígena. Además cuenta con aquellos que poseen la
sabiduría de la transmisión a los otros, enraizada en una
larga experiencia de recolección de relatos escuchados. El conocimiento
empírico de que un texto es un producto construido hace que se
convierta en un aporte fundamental a una didáctica de primeras
y segundas lenguas, a tener en cuenta dentro de la clase.
Se precisa considerar que el alumno habituado a una lengua oral dispone
de habilidades y necesidades comunicativas distintas a las de uno que
posee una lengua escrita. En este sentido la expectativa de su apropiación
en modos y resultados de la lectoescritura tampoco puede ser la misma.
Niños y niñas de la sierra, de la costa, del oriente o de
la selva manejan, conocen y están en constante exposición
al aprendizaje cultural y lingüístico de su entorno (en la
L1 como en la L2 de distintas maneras). El aula que incorpora todo esto
como pilar para la enseñanza empieza a contemplar cómo satisfacer
las necesidades reales de los alumnos.
El docente, al recoger continuamente esa información, dándoles
el espacio que precisan, con preguntas sencillas, clases formales programadas
e informales, invitándoles a contrastar situaciones tan usuales
como saludarse, pedir una información, jugar, relatar chistes,
adivinanzas, anécdotas, cuentos, describir lo que ven desde que
salen de casa a la escuela , contar que hábitos cotidianos tienen
al escuchar y hablar a los otros en casa, en una fiesta, en un ritual,
y en muchas situaciones más, y mientras lo hacen se procesa, puede
reunir información cultural y lingüística suficiente
de sus alumnos para aclarar y organizar de manera adecuada los planes
de clase, los mensajes y actitudes dentro de ella.
Para ello, los aportes de la lingüística, sociolingüística,
antropología, foniatría, psicología, etc., orientan,
enriquecen y proveen puntos de vista como criterios para el análisis
de esas muestras discursivas, que, al enfocarlos sobre ellas, orientan
la dirección del planeamiento de la clase de L1, L2 u otras.
¿Por qué y para qué escuchar algo que no trata lo
que se precisa e interesa? ¿Cómo se van a decir cosas, si
el que enseña atiende sólo las suyas y su manera de decirlas?
Para la lectoescritura se brindan una serie de actividades y ejercicios
destinados a su dominio, en cambio la comprensión auditiva apenas
se la trabaja intencionalmente. Si se hace, es con canciones o siempre
asociada, sin intención previa, dentro de las otras actividades.
Incluso al dictado, un ejercicio excelente para centrar la atención
y verificar la comprensión , tampoco se le otorga el amplio abanico
de posibilidades que ofrece para acrecentar esta habilidad obviada. Cuando
la receptividad es otra actividad tan fundamental como hablar, leer y
escribir; es el primer canal, es la puerta a las otras y queda saltada
automáticamente por una equivocada idea de inactividad; cuando
el proceso de escuchar requiere numerosos mecanismos que ponen en marcha
el entendimiento, no se practica.
Escuchar no es un acto espontáneo. Al hacerlo realizamos varias
operaciones y casi todas están sujetas a algo esencial: el interés.
Y como si fuera un círculo vicioso, que no lo es, el interés
de algo se sostiene o decae, entre otras cosas, en la medida en que comprendamos
lo que se nos dice.
Esta comprensión se apoya en el mismo interés, la organización
de lo que se dice, su intención, el sentido, el contexto, cómo
suena, el conocimiento previo y mínimo compartidos, y el juego
de habilidades receptivas, entre otros, de lo que se transmite, para que
podamos llegar a construir en nosotros el mensaje compartido.
Tampoco es posible escuchar la totalidad de un mensaje. Existen interferencias,
interrupciones, términos que desconocemos, dispersiones. Dirigimos
nuestra atención a distintas partes y reconstruimos en nosotros
una parte. Por lo cual la recepción de algo exige una actitud abierta
del y hacia al otro, un mínimo de información e intereses
compartidos, claridad, adecuación, cohesión y coherencia
para que el destinatario pueda reaccionar a lo que escucha.
Reproduzco lo que presencié en el mercado de artesanías
en Cuzco, entre una vendedora quechuahablante y una amiga colombiana.
La mesa del tenderete tenía toda clase de artesanía. De
ella colgaban expositores. Contaba con unos banquitos atiborrados de tejidos.
En el suelo abundaban las pilas de mantas de colores y otras mercaderías
de cerámica, metálicas, y muchas cosas de tamaños
y formas distintas. Estaban bien dispuestas, pero un poco amontonadas
y desordenadas por el continuo ir y venir de la venta. Mi amiga quería
conseguir unos pendientes típicos pero con cierta originalidad,
así que buscaba y hacía que le mostraran hasta lo que no
se veía.
Diálogo sostenido entre vendedora y cliente:
Amiga. ¿Dónde tiene más aretes?(Estando de pie, le
preguntó echando una mirada a su alrededor.)
Vendedora. ... Pampapi kashan, mamacita! (Sentada en el suelo, le respondió
con voz clara, casi sin alzar la mirada y sin moverse, porque estaba concentrada
tejiendo con las dos manos.)
Como se usa una y otra lengua con frecuente alternancia, la vendedora
le respondió espontáneamente lo primero que se le vino a
la cabeza, porque estaba concentrada en los pases de una y otra lana sobre
sus agujas. Mi amiga, que apenas entiende quechua, no se sorprendió.
Reaccionó buscándolos y encontrándolos rápidamente.
Le pregunté cómo la había entendido y me explicó
que la pregunta ya era un comienzo y, entre la mesa, los expositores,
los banquitos y el suelo, eran las opciones posibles para localizarlos.
Además, el sonido pampa le era familiar de un termino geográfico,
con lo cual pudo asociar que era el suelo (que efectivamente lo es en
quechua, incluso le excluyo pi, sufijo aglutinado que significa "en").
En primer lugar, su actitud abierta a entender respetando lo que le digan
y en la lengua que se lo digan, el contexto, la motivación de una
compra, contribuyeron efectivamente a la identificación y asociación,
resultando una respuesta satisfactoria, a pesar del escaso conocimiento
del quechua y de la distancia lingüística que esta posee con
respecto al castellano.
El docente transmite modelos en su actuar cotidiano. Un docente que escucha
activamente a sus alumnos difícilmente no sera escuchado. Su actitud
abierta a una u otra lengua y su cultura, dentro y fuera del campo de
cada una de ellas, respetuoso para entenderles y conocerles, da un modelo
de actuación dinámico y posibilitador de aprendizajes dentro
de la clase. Y si además procura el tratamiento específico
de esta habilidad, les proporciona una herramienta efectiva para la comunicación.
En la clase de L1, lo mismo que en la de L2, la incorporación gradual
de actividades que desarrollen las operaciones de asociación, identificación,
inferencia auditiva, y otras operaciones de la receptividad, acordes a
la cultura, contextualizadas y adaptadas a la comprensión de los
alumnos, que despierten en ellos la motivación y actitudes abiertas,
encauza hacia la adquisición de estrategias y microhabilidades.
Se precisan para el intercambio comunicativo dentro y fuera de la clase,
la incorporación y preparación anticipada frente a aspectos
nuevos o desconocidos, el fortalecimiento de la atención, intervenir
y procesar lo que dice y escucha, etc.
Estas actividades pueden organizarse a partir del dominio que el alumno
posea de su lengua, la que esté en contacto, si se trata de una
clase de L1 como de L2. En la escuela se pueden programar en relación
a la lectoescritura, previas a ella o acompañándola, dándoles
un tratamiento especial; porque lo que se busca primero es que el alumno
y el docente conozcan lo que ocurre en esos instantes silenciosos, aparentemente
inactivos, y acrecentar los mecanismos para la comprensión de lo
que durante ellos se produce.
Muestra de un plan de clase para 20 niños de 6 años, quechuahablantes,
que hablan poco castellano, y no cuentan con la lectoescritura en ninguna
de las dos lenguas. La actividad es tanto para L1 y L2 . Obviamente, los
pasos están graduados, intensificados y se atiende una recepción
y producción lingüística del alumno acorde a si se
trata de su L1 o su L2.
"Objetivo: Practiquen de manera sencilla el proceso de identificación
y asociación de elementos durante un relato. Ejerciten y fortalezcan
la atención.
Contenido: Los nombres de los colores asociados a objetos de su comunidad.
Tiempo: Hora, hora y media.
Actividad: Con objetos de la clase se sondea con preguntas el conocimiento
de los nombres de los colores, luego
1. Los ven representados en tejidos de su zona y escuchan sus nombres,
los repiten individualmente al ser preguntados por ellos.
2. Se les dice: A. "Voy a contarles una historia que no necesitan
entender todo lo que dice. Al final les preguntaré de qué
colores son tres cosas de la historia" (o nombrar los objetos propios
de la historia cuyos colores se quieren identificar. Esto mucho más
si además tampoco saben los números).
B. Se les pregunta: "¿Qué voy a preguntar cuando termine
de contar?" o "Qué tienen que responder?" o "De
cuántas cosas se necesita averiguar el color?". Las preguntas
se adaptan al nivel del grupo. Éstas permiten pensar con anterioridad
sobre lo que se va a escuchar, y al mismo tiempo comprobar si la consigna
de la tarea ha sido captada.
La historia puede ser el relato de una anécdota, un cuento tradicional,
una poesía, una canción, etc.
Una vez acabado el relato, los alumnos responden a la pregunta inicial,
oralmente o pintando los objetos de la historia previamente dibujados
por ellos o por el docente, etc.
Según el grado del desarrollo de las competencias lingüísticas
por el alumno, se puede reconstruir la historia en conjunto o presentarla
como introductoria de una secuencia didáctica o complejificarla
con otros elementos.
3. Luego, cada niño cuenta una historia que tenga o le ponga colores
(de su casa, de su ropa, de un paisaje, del mercado, etc., o con láminas
para describir) a la clase y, según el manejo de la lengua, una
frase o varias separadas o cohesionadas, formulando previamente la pregunta:
"¿De qué color es/son la/s cosa/s que voy a contar?",
a un compañero o al grupo que lo escucha, preparando la atención
a lo que va a decir.
4. Adaptado al dominio de la lengua que se trate, para concluir el ejercicio
se les invita a decir qué colores prefieren y cuáles no,
y si pueden contar el porqué. Luego se les pide que expongan el
significado de colores que representen cosas, ideas, estados, símbolos,
etc. (azul: el cielo; amarillo: el sol; todos los colores del arcoíris,
tan importante para la cultura quechua, etc.).
5. La corrección. En el punto 2b. es importante evaluar y rectificar
al mismo tiempo, si no llegara a entenderse la consigna. Al responder
se tiende a que los mismos niños sean los que verifiquen si son
las acertadas o no. En cuanto a la producción oral, a partir del
punto 4, el docente toma nota de las posibles construcciones morfosintácticas
incorrectas, los conectores que faltan, las expresiones que pueden sustituirse,
la longitud de las frases, etc. Luego las expone oralmente, las hace repetir
de formas variadas en ese u otro contexto.
Los colores son una excusa para darles el espacio que trate lo que les
pertenece e interesa en su cotidiano cultural. Buscamos, ensayando en
la clase, acrecentar la estrategia de identificación y asociación,
la atención, la toma de turnos para intervenir, la reflexión
anticipada de lo que se va a decir, para que luego puedan aplicarlo a
otras situaciones de aprendizaje o discursivas.
El error
En clase se persigue afanosamente la obtención de resultados, se
elaboran planes para llegar a ellos. No obstante, se descuida el proceso
para lograrlos, al concebir los tropiezos en el camino de su obtención
poco analizados, sin el detenimiento necesario, y finalmente tomarlos
de modo negativo y contraproducente. Como también concebir los
supuestos aciertos de una manera muy valorativa y poco analizada de su
por qué, cuando son otra de las referencias a tener en cuenta para
que el alumno se asegure de lo que obtiene y pueda apoyarse en ellos para
transferirlos a resolver inconvenientes que se le presenten a lo largo
de su aprendizaje. Este proceder se traduce en estar viendo siempre lo
que falta, como algo irremediable que siempre se aleja, e inalcanzable,
y descuidando así lo que ya se ha adquirido, que se convierte en
una pérdida más. A esto se responde muchas veces con el
ocultamiento de los errores, o actitudes "suavizadoras", que
no son otra cosa que la otra cara de la misma moneda, ya que ni una ni
otra no le dan al alumno la herramienta de la capacidad de reflexión
para encauzar sus acciones sobre lo que el precisa aprender.
Se persiste en una machacona forma de corrección que, lejos de
corregir, deja todo como está o impide una actividad fructífera.
Freire,90. Por su discurso igual que por su practica, el educador debe
lograr que el alumno entienda que el error no es una laguna grave, una
prueba de su competencia, sino, por el contrario, un momento legítimo
de su aprendizaje. Algo así como alguien con toda naturalidad busca
con la mirada, primero a su derecha, algo que a la postre va a descubrir
a su izquierda.
En el marco bilingüe esto está al orden del día, y
esos "errores" son, entre muchos otros, indicadores y expositores
de manifestaciones culturales, de necesidades, de maneras de aprender
distintas, transferencias de una a la otra lengua, instantes de la adquisición
de una o la otra, o conceptos, fosilizaciones lingüísticas.
Evidencian dificultades de la exposición previa de los contenidos,
o en la comprensión, o sencillamente un momento más de la
apropiación de los mismos entre otros. Es tan extensa, variada
y rica la lista de posibilidades, para reducirla a un escueto e insuficiente
sistema de apreciación de bueno o malo, que al reconocerlo resulta
tan insignificante, impreciso y paralizante que uno se dice: "¡Ah!...
pero ¿cómo?... ¿Era esto? Se termina olvidando y
descartando por su inutilidad en la práctica, aunque se exija una
calificación, porque el mismo docente empieza a replantearse su
verdadera utilidad, porque para la reparación de ellos en relación
al logro del aprendizaje necesita comprenderlos.
Una de las mayores dificultades a enfrentarse es cómo corregir,
por qué y para qué hacerlo, cuándo, a quién,
con qué parámetros. Ya el planteamiento de estas preguntas,
u otras, durante la corrección, permite visualizar criterios mas
amplios y acertados, que se encaminan a reconocer las causas de los fallos,
en lugar de estampar una sola idea calificadora inmovilizante.
Hay profesores que confeccionan etapas, y lo más interesante es
que, llegado a un resultado, le muestran al alumno que pueden todavía
cambiarlo, que es sólo una etapa más. Incluso ejercitan
la corrección y sus formas conjuntamente con los alumnos, se ponen
de acuerdo, elaboran sus propias convenciones y modos. Inician el nexo
hacia la autocorrección, que, por otra parte, es otro aprendizaje
a incorporar, dado que los maestros no vamos a estar con nuestro bolígrafo
rojo o verde cuando el alumno tenga que rellenar un formulario para pedir
empleo, entrevistarse con una autoridad comunal, discutir la cuenta de
una compra, o entender las instrucciones que le dan para localizar la
casa de un desconocido que vive en la otra punta del cerro. La autonomía
es un fin que, en cada tarea que se emprenda, necesita estar presente
para que el aprendizaje resulte como tal.
Todo esto es factible, también, en la medida que se reconsidere
la distribución del tiempo de duración de la exposición
de los contenidos, en relación con la actividad de corrección
de los mismos y no se disocie una acción de la otra. Si se pretenden
abarcar las toneladas de puntos programados sin priorizar la capacidad
de apropiación de los mismos, al planificar en función de
la frecuencia y necesidad de la aplicación del alumno, eso se convierte
en un imposible, y paradójicamente se avanza sin avanzar, como
sobre una cinta giratoria donde se corre encima; se pasa de un punto a
otro sin éstos haber sido adquiridos por los alumnos; se acarrean
los mismos baches que automáticamente vuelven a aparecer y que
entorpecen la continuidad del aprendizaje.
La corrección puede llegar a ocupar casi el 50 por ciento del tiempo
de duración de la clase, o más, impidiendo pasar a otros
aspectos del programa. Priorizando y vinculando unos puntos con otros,
en su marco cultural mas próximo, en relación a las estrategias
que se busca desarrollar para la apropiación de contenidos, se
obtendrán resultados claros, prácticos y útiles para
el alumno.
Asimismo, preguntarse cuál es el momento adecuado para intervenir
al exponer los fallos y aciertos, si durante la clase, al final, días
después, si es necesaria, si sólo se trata de observar en
silencio, si lo anotamos o no, cómo se los formula, etc.
Un ejercicio simple entre otros, de las tantas variantes, en el que toda
la clase resulta implicada en la corrección es cuando el docente
con uno o dos alumnos asignados, diferentes para cada vez en esa tarea,
después de explicar un contenido pregunta, o realiza un ejercicio,
y para el análisis de las respuestas, los tres, docente y alumnos,
toman nota de los aciertos y fallos sin decir nada durante el transcurso
de la exposición por parte de la clase (sin interrumpirla). Al
final, primero los alumnos asignados identifican los fallos de forma oral
o escrita, y, si hubiera más, el profesor los agrega. Con ellos,
de acuerdo a lo que indiquen, presentarles otra actividad en el momento
o a los pocos días.
El lector, si es docente en una comunidad indígena o citadina,
con niños indígenas en su clase, ¿cómo elaboraría
una clase con apenas estos dos puntos tratados, escuchando y el error,
y otros que usted. considere? ¿Por qué cosa empezaría?
¿A qué le daría prioridad? ¿Qué habilidades
integraría en su clase? Le invito a pensarlo, tomar papel y lápiz
y diseñar la clase, llevarla a la práctica, luego corregirla,
ampliarla, contrastarla con otros, simplificarla, cambiarla, y así,
solo y con otros, empezar a llevar al cotidiano escolar algo que ya no
quede sólo en los planteamientos.
Para finalizar, el aula es un espacio donde durante muchas horas se aprende,
o se desaprende, lo que fuera de ella y en el futuro se va a dar a la
comunidad a la que se pertenece. Tampoco puede cambiar por sí sola
una realidad hostil hacia la diversidad de identidades y pensamientos.
Ella también tiene un lugar en el intercambio social y desde ese
lugar es desde donde puede contribuir a una convivencia más respetuosa.
La dimensión del iceberg de los indígenas y la educación
que se percibe es colosal. Este artículo apenas menciona algunos
de sus aspectos, y por eso se presenta en: alrededor, hacia y en el aula,
únicamente para la organización textual del artículo,
teniendo en cuenta que la educación indígena concibe formas
mucho más amplias, e incluso distintas a lo que se entiende por
ella, en las que algunos ya empiezan a aprender, otros todavía
las excluyen o las intentan transformar sin pedir permiso de entrada,
o no dejando que sigan su curso sin ninguna interferencia externa a ellas.
La elección de qué se necesita y se quiere aprender y cómo
no resulta tan clara como en principio parece para unos y otros. En vez
de recetas ideales, ¿no se precisa desarrollar actitudes? |
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