Personaje mitológico
con forma de gnomo habitante de los bosques, su traje, se afirma, esta
hecho de QUILINEJA, planta trepadora con la que se hacen escobas y sogas.
El sombrero que usa, esta hecho del mismo material en forma de bonete.
Tendría predilección
por los matorrales de MURTA cuyos frutos consumiría con avidez,
pese a su tamaño poseería una tremenda fuerza, cuando sale
a lugares descampados se encarama a un tronco de TIQUE y se regodea contemplando
la naturaleza de la cual es admirador pero su mirada es de terribles consecuencias
para el hombre, al que odia e inmediatamente le tuerce la boca o el cuello
(debe suponerse que su mirada produciría un tortícolis o
una afasia motora del trigémino).
Lleva un hacha de
piedra y por sentir el temor que inspira, las mujeres embarazadas cuando
sienten el ruido de sus golpes huyen. Le gustan mucho las muchachas virgenes
y puede emitir un fluido sexual que las atrae para llevárselas
a sus dominios.
Este detalle ha dado
lugar (como en el caso de SHOMPALHUE) a que las madres para cubrir la
deshonra de sus hijas, lo atribuyan a la acción del TRAUCO.
En la región
chilena, es costumbre de las madres cuando sospechan la presencia de este
ser maligno, dejar sobre la mesa al acostarse un puñado de arena
seca. Como el perverso personaje se siente atraído a contar los
granos de arena, se olvida de las doncellas y de los niños y con
las primeras luces del alba desaparece por temor a ser sorprendido.
En Chile meridional
este personaje tiene su refugio en el cerro QUICAVI, pero su aspecto difiere
pues en esa zona lo describen como un chivo con una barba de una legua
de largo muy peligrosa si se la pisa inadvertidamente, patas de guanaco,
cuerpo con escamas y algunos mechones de pelos erizados.
(Con la colaboración de J.A.Barrio)
Por su parte Renato Cárdenas Alvarez aporta lo siguiente:
TRAUCO: m. Cusme, Huelli, Pompoñ del monte, Ruende. Pequeño
habitante de los bosques, de figura humana. Se viste con fibras vegetales
tales como la quilineja o el pompoñ. Se alimenta de frutos silvestres,
palos podridos y cualquier `verdura de campo'. Según algunas versiones
es un hombre pequeño, de rasgos grotescos y figura con-trahecha
que porta una hachita de piedra en sus manos. Otros, en cambio, aseguran
que son una pareja de niños [las guaguas] -hombre y mujer- que
se ubican en los árboles altos como los tiques y tepas; tienen
siempre a la mano una enredadera que se llama pahueldún y hacen
sus necesidades en las cercanías de las casas que rondan. La gente
les teme porque:
1.-Pueden provocar daño a los niños, a los adultos y a los
animales, tirándoles un aire, que los quiebra, o les tuerce el
cuerpo. En otros casos su sola mirada los enlesa -les hace perder el juicio-
o los deja mudos. /2.-Cuando se sueña con ellos la víctima
se enferma de 25 males. /3.-En algunos sectores son considerados sátiros:
la mujer puede ser posesionada por este hombrecillo y el hombre por la
Trauca, pero en una suerte de sueño libidinoso y placentero en
el que caen luego de apoderarse de sus voluntades, al tomarles los alientos
o tirarles el vaho.
Véase: chaicucuía, Huanilén.
"Una vecina vivía
con sus heridas permanentes en la cara. Unas postemillas. Se sanaba una
y volvía otra.
Un día que llegó una parienta, la llamó a un lado
y le dijo:
--Te está acariciando el Trauco. Por eso tienes estas tremendas
heridas en la cara.
Entonces la aconsejó esta mujer que era curiosa en estas cosas:
El Trauco es muy limpio -le dijo- y cuando ve cosas sucias se aleja y
ya no codicia a su enamorada.
Así que la mujer se embadurnó toda la cara con su propio
excremento, como se lo indicó su parienta.
¡Y santo remedio! Se desilusionó el hombrecito y ya no molestó
a la chiquilla." (Cleofa González. Huillinco, 1993)
EL TRAUCO DEL POZO
Don Ricardo tuvo un
padrino que salió de Tac y se vino a vivir a Palqui.
"-A los años lo pasé a visitar -recuerda- pero lo encontré
todo desfigurado. Su cara torcida, sus dedos... y apenas caminaba.
-¿Qué le tocó padrino -le pregunté- que está
tan cambiado?
-Este es el Trauco que me está maltratando, me respondió.
Enseguida empezó a contarme su desgracia:
-Aquí, en tiempo de verano hay un solo pozo que da agua y nos juntaremos
18 vecinos que tenemos que venir a buscar agua. Y como yo estoy más
cerca llego siempre más temprano.
Entonces vio la apariencia esa.
-Por dos veces. Es como un hombre, pero bajito. Con sombrero, con manta...
todo igual como cuando se viste un chico, como por travesura.
Pero en la primera oportunidad no le hizo nada. Sólo lo observó
y llegó a contarle a su señora. Y la señora dizque
la avivó.
-Ese Trauco -que le dijo- no te va a dejar de molestar. Siempre que vayas
a traer agua lo vas a tener que ver. Tienes que hacerle alguna cosa.
Entonces la señora lo aconsejó:
-Córtate un palo, de un metro más o manos, y yo lo voy a
sanquear. Tiene que ser saltado por una mujer para que sirva.
Mi padrino con esto ya tuvo su arma para defen-derse. Cada vez que iba
a buscar agua lo llevaba. Hasta que un día lo encontró.
Le tiró le palo y le aforró medio a me-dio. Eso fue todo,
no volvió a aparecer por el pozo, pero pronto comenzaron sus males.
Una mañana, al prender fuego, se dio cuenta que al soplar el aire
le salía por el lado: tenía toda la boca torcida. Y con
el tiempo estas deformidades se extendieron a todo su cuerpo.
Buscó a un Curioso para trabajar el mal. Llegó el machitunero
y le preguntó a la señora, que había sido quien lo
contactó.
-¿Me tienen lo que yo les pedí?
Les presentó unas piedras blancas, coloradas, que las acarreó
del bajamar.
-¿Cómo las obtuvo, insistió el Curioso?
-Como usted me indicó. Sacadas en el punto de marbajo y una piedra
de cada punta que se forma en la playa, hasta enterar cuatro.
-Muy bien. Ahora necesito agua de mar, de viento sur, sacadas de la cresta
de las tres olas grandes, que aparecen siempre juntas.
Todo eso lo tenía la mujer. Además lo acompañó
del chaumán y dos o tres otras plantas muy usadas en estas brujerías.
Las piedras las puso a caldear como cuando se hace curanto. Le regó
el agua de mar con las ramas y finalmente recogió las cenizas y
las distribuyó en los cuatro costados de su terreno y en el centro
una de las cuatro piedras coloradas, bien enterrada. Así dicen
que los deja de molestar.
Finalmente salió del lugar y se fue a vivir a Punta Arenas. Es
la forma más segura de evitar la magía." (Ricardo Tureuna.
Tac. 1994)
EL PALO NEGRO
Para las grandes mareas
-llamadas pilcanes- la playa se llena de mariscadores, pero esa mañana
había una joven solitaria en ella. La gente trabajaba en su agricultura,
aprovechando el buen tiempo. Ella había completado su carga y andaba
dando vueltas las piedras por si encontraba huevos de pescado.
En eso se topa con un palo negro, debajo de un peñasco, que comienza
a hablarle. Ella quizo arrancar, pero la voz le dijo que se espere y en
un de repente ¡zas!, y aparece un hombre pequeñísimo
y le dice:
_"¡Oye! ¿Cómo te va?"
_"Yo como siempre", le contestó. ¿Tú debes
ser el Trauco?, inquirió turbada la joven. Pero el hombrecito no
le respondió.
_"Mira -continuó- yo ando buscando mujer y me gustaría
que tú fueras mía".
_"Pero yo soy a cuenta una niña", se defendió
la chica, tratando de escapar, pero no podía porque sus alientos
ya se los tenía él.
_"Eso no debe preocuparnos, agregó, porque podemos cambiar
de figura". Y, en un abrir y cerrar de ojos, ya no fue más
chiquitín, sino un hermoso joven, bien trajeado, con dientes de
oro y reloj de oro. Y para hacerle creer a la niña que la quería
se sacó uno de sus dientes dorados y se lo pudo a ella. Y la niña
que era engañada, le creyó que la quería y dejó
que fuera su esposa.
El Trauco partió con ella a vivir a la orilla de un río.
A la chica la convirtió en piedra y él entró a vivir
debajo de ella. Y la niña, que nunca imaginó que iba a ser
así su vida, lloraba su cautiverio y de dolor, porque la dejó
muy pequeña y dura.
Los domingos se convertían en pancoras de mar, pero también
era incómodo. Bajaban hacia la playa y se distraían mordiendo
a los marisqueros. Pero en uno de esos viajes el Trauco se fue enamorando
de una pacora verdadera. Con esto el Trauco le devolvió sus alientos
a la joven, y ella quedó libe-rada, pudiendo así recuperar
su forma humana y regresar a su hogar. (Relato de la tradición).